Posteado por: Guadalupe Monge | 14 abril 2012

Norte de Italia. Parte III

El sábado volvemos a madrugar para llegar pronto a nuestro destino. Nos espera la ciudad de Como y el lago del mismo nombre. Antes de emprender el camino, llegan las dudas: ¿abrigarse o no abrigarse? Pregunta de complicada respuesta si nos dirigimos hacia los Alpes mientras Internet nos informa de que se esperan temperaturas que superan los veinte grados, y todo ello en el mes de marzo… Ante esa curiosa mezcla, decidimos emplear la técnica de la “cebolla”: capas y capas de ropa, que en caso de ser necesario, pueden retirarse y llenar la mochila.

De nuevo volvemos a la estación de Bérgamo para tomar un tren que nos lleve a Como, o mejor dicho, dos trenes, porque bajamos del primero en Monza y allí tomamos otro para alcanzar nuestro destino final. El viaje dura entre hora y media y hora y tres cuartos, y el precio del billete es de 6,25 euros.

Poco después de las ocho de la mañana estamos en la estación de Como S. Giovanni, y desde allí, como nos explican en la estación, hay tan solo diez minutos a pie hasta el centro de la ciudad. Hemos sido tan madrugadoras que llegamos a Como a una hora ideal para tomar el desayuno, un rico capuccino y un croissant nos permiten reponer fuerzas y abrir más los ojos para disfrutar de las maravillas que nos esperan a tan solo unos pasos.

Siguiendo en línea recta desde la estación nos encontramos de frente con el Duomo de Como, una hermosa catedral que preside una plaza, vacía a la hora de nuestra visita matutina, pero llena a rebosar cuando regresamos por la tarde. La ciudad se recorre tranquilamente a pie. Sin prisas paseamos por sus estrechas calles e inevitablemente nos detenemos en los escaparates de las numerosas tiendas de conocidas marcas que encontramos.

Junto al lago, cogemos el funicular (5,10 euros ida y vuelta) que nos llevará hasta Brunate, una localidad pequeña situada a gran altura, que nos permite tomar unas fotos espectaculares de Como y de los Alpes. Si subís en el funicular, y no sufrís de vértigo, lo más recomendable es colocarse en la parte delantera, porque desde allí podremos hacer las mejores fotografías y apreciar con claridad la frontera que dibujan los Alpes. Tras ellos se encuentra Suiza.

De vuelta de Brunate, tomamos un barco que nos lleva a Bellagio (11,10 euros por trayecto). Si hay algo indiscutible en este viaje, es que nos va a dar la oportunidad de utilizar un sinfín de medios de transporte…

El trayecto en barco dura casi una hora y por el camino nos quedamos hipnotizadas con la belleza de las casas que decoran la falda de las montañas. Hay para todos los gustos, de todos los tamaños y de todos los colores. Ahora entendemos por qué son tantos los famosos que deciden pasar sus románticas vacaciones en este lugar y más de uno opta por instalarse aquí. Uno de los miembros de la tripulación del barco, acostumbrado a convivir con las curiosidades de sus pasajeros, decide aclarar posibles dudas y en voz alta pregona en italiano: “aquella de allí, junto a la Iglesia, es la casa de George Clooney”. Buena elección la del actor, sí, señor.

Llegamos a Bellagio que nos recibe con un sol espléndido y pone a nuestros pies numerosos restaurantes que sacian nuestras ganas de pasta. Disfrutar de un plato de esta exquisitez, sentadas en una terraza, bajo el impresionante sol de marzo es uno de esos grandes lujos que te ofrece la vida, y si encima el precio es más que asequible, el placer es mucho mayor.

Subimos y bajamos las cuestas de este pueblo de montaña, disfrutamos de las vistas a orillas del lago y fotografiamos sus coloridas casas. De muy buen gusto nos quedaríamos aquí horas y horas, pero tenemos que volver a Como si queremos llegar a tiempo para tomar el tren que parte a las siete en dirección a Bérgamo.

Ha anochecido cuando llegamos a la localidad que nos ha acogido durante tres días. Estamos cansadas, pero felices porque todo lo visto supera con creces nuestras expectativas. Convendría acostarse pronto, pero es inevitable revisar los cientos de fotografías que guardan nuestras cámaras.

El domingo seguimos con la costumbre de madrugar. Nuestro avión, esta vez de Ryanair, despega a las 8.40 de la mañana, por lo que tomamos un autobús que sale de la puerta principal de la estación de tren dos horas antes para trasladarnos al aeropuerto de Bérgamo. Está cerca, a menos de diez kilómetros, por lo que en unos minutos llegamos a nuestro último destino en tierras italianas. Llega la hora de despedirse y lo hacemos con el convencimiento de que historias similares se volverán a repetir en un futuro no muy lejano.

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