Posteado por: Guadalupe Monge | 10 julio 2013

Marruecos. Parte II

VIAJES AL DETALLE – Siguiente parada en Erfoud. Allí tomamos un 4×4 que nos conduce a las dunas del desierto de Merzouga. Tras descansar bajo una jaima y probar el tradicional té, llegamos a la zona donde nos esperan los dromedarios.

Recorrer las dunas del desierto a lomos de este impresionante animal mientras el sol se pone puede ser una de las experiencias más hermosas que se puedan vivir. A medida que el dromedario avanza entre las dunas, te pierdes entre ellas y llega un punto en el que los límites se pierden, y las montañas de arena se suceden por todos lados. Hay que bajarse del animal, sentarse sobre la arena (algo solo permitido a determinadas horas del día) y contemplar boquiabiertos cómo desaparece lentamente el sol. Poco a poco se va escondiendo, y cuando se despide por completo, el viento sopla suave y el regreso al punto de origen se convierte en un relajante paseo.

dunas Merzouga 2

Dejamos Erfoud y emprendemos viaje a Marrakech. Por el camino, visitamos Tinghir, ciudad situada al pie de las montañas del Atlas, junto a un extenso oasis. Hacemos parada en la Garganta del Todra y nos fotografiamos en el Valle del Dades. Nuestro alojamiento nos espera en Ouarzazate. Los que visitaron esta ciudad antes, se quedan asombrados al comprobar el enorme desarrollo que ha experimentado en los últimos años. A los que la visitamos por primera vez, nos llama la atención la animada vida nocturna que encontramos un día entre semana: niños, jóvenes y mayores llenan la plaza principal. En los bares, las mesas de las terrazas, como comprobamos a lo largo de casi todo el viaje, están repletas de hombres y solo hombres. Complicado ver a una mujer sentada tranquilamente y mucho menos a un grupo de mujeres compartiendo charlas. Con un poco de suerte, esa imagen la veremos en las ciudades del Norte.

Marrakech nos espera, pero para llegar hasta allí tenemos que cruzar el Alto Atlas y pasar por el conocido como Col du Tichka, a 2.260 metros de altura. Antes, visitamos la Kasbah de Ait Ben Haddou, una impresionante fortaleza construida a base de adobe, paja y sal. De lejos, parece un frágil castillo de arena pero aún hoy hay familias que viven allí y que nos permiten visitar sus dependencias.

En las casas, no faltan los animales, animales que les proporcionan los alimentos básicos del día a día. En las habitaciones pocos, muy pocos muebles, y de hecho, duermen sobre varias mantas extendidas en el suelo. Y entre tanta austeridad y esos tonos marrones, destaca el blanco de las antenas parabólicas que conectan a los dueños de estas viviendas con la realidad que hay más allá de las murallas que les protegen.

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