Posteado por: Guadalupe Monge | 30 agosto 2016

Japón. Parte I

Templo Kioto 1Cuando un viaje te marca, cuesta comenzar a escribir. Las ideas acuden en tropel y no es fácil organizarlas para dar forma a un relato coherente. Éste ha sido uno de esos viajes que dejan huella, que no se olvidan así como así. Pero, si por casualidades de la vida, alguno de los recuerdos se esfumara, estas palabras que dejamos por escrito nos permitirán recuperarlo.

7 de agosto de 2016. Según Google Maps, 10.692 kilómetros separan Madrid (nuestra ciudad de origen) de Osaka (nuestro destino). Pero esa distancia calculada en línea recta se
amplía a la hora de desplazarnos en avión. En la capital de España tomamos un vuelo que, tras cuatro Mapahoras de viaje, hace escala en el Aeropuerto Atatürk, en Estambul. Apenas una hora después de aterrizar, despega el avión que nos llevará hasta Osaka en un vuelo que se prolonga durante once horas y durante el que, como es habitual en los desplazamientos largos, la tripulación te hace perder el sentido del tiempo a base de servirte varias comidas sin ton ni son.

Durante el viaje, aprovechamos, entre otras cosas, para rellenar los documentos que debemos entregar en el control de pasaportes. Para entrar en Japón no hace falta visado, simplemente rellenar un par de formularios donde nos preguntan nuestros datos personales y el objetivo de la visita al país.

Nuestra estancia en Osaka es breve, de hecho, de allí solo nos llevamos el recuerdo del Aeropuerto. Sin embargo, este país ya empieza a darnos las primeras sorpresas cuando tenemos que visitar los baños y nos encontramos con los modelos de retretes más modernos que hemos visto hasta entonces.

Dejamos Osaka y nos trasladamos hasta Kioto, donde se encuentra nuestro alojamiento, a aproximadamente una hora de distancia. Esta ciudad de casi un millón y medio de habitantes es considerada el corazón cultural y espiritual del país, y fue su capital durante más de un siglo. Hay quien dice que éste es el lugar donde se puede encontrar todo lo que habitualmente se asocia con el país del Sol Naciente y que muchos japoneses acuden aquí para conocer mejor su propia cultura.

Santuario Fushimi Inari 1

En Kioto visitamos el Santuario de Fushimi Inari, dedicado a Inari, dios del arroz. Sin duda, uno de los más bonitos y originales a los que acudimos durante nuestra estancia en este país. Destaca por su interminable “pasillo” formado por miles de Toriis (arcos o puertas sintoístas) anaranjados, colocados uno tras otro, cada uno con la inscripción de un comerciante y la fecha en la que lo donó.

Santuario Fushimi Inari 2

En pleno mes de agosto y con el recuerdo del río de turistas que va guiando nuestros pasos, parece increíble haber conseguido tomar una foto como la que precede a estas líneas. Pero, todo hay que decirlo, en esta estoica tarea contribuyen, y mucho, la inmensa amabilidad y la educación que demuestran la mayoría de los cientos de turistas japoneses que visitan el santuario, capaces de esperar su turno el tiempo que haga falta para que cada uno consiga las mejores instantáneas.

Santuario Fushimi Inari 3

En el Santuario de Fushimi Inari recomiendan visitar la sala principal y, después, subir por la montaña bajo estas puertas que te invitan a fotografiarlas sin parar. Si se dispone de mucho tiempo (ése no fue nuestro caso), cuentan que merece la pena llegar hasta la cumbre para contemplar las hermosas vistas.

Por cierto, no podemos olvidarnos del rito de la purificación antes de acceder a un santuario sintoísta. Si queremos empaparnos de las costumbres de este país, una que debemos repetir cada vez que realicemos este tipo de visitas es llevar a cabo el proceso completo de lavarnos las manos y la boca como nos indica el letrero que encontraremos junto a la fuente.

Santuario Fushimi Inari 5

Santuario Fushimi Inari 4

Dejamos este santuario y nos dirigimos hacia el Templo de Kinkaku-ji, para admirar el también conocido como Pabellón de Oro. Cuando uno se coloca frente a él, cuesta admitir que estamos ante un edificio real y que no se trata de un cuadro que han colocado ante nosotros. Sus tonos dorados deslumbran a cualquiera y hacen que la cámara de nuevo cobre vida propia y sea difícil parar de hacer fotos, probando todas las perspectivas posibles.

Kinkaku-ji 1

Caminando por la zona, nos envuelven árboles de cuento, cuidados con mucho mimo, preciosos jardines que transmiten, sobre todo, mucha paz. Y todo ello a pesar de la gran cantidad de turistas que nos acompañan durante todo el recorrido.

Kinkaku-ji 2

Llega la hora de cambiar de aires y nuestros pasos se dirigen hacia el centro de la ciudad, donde conoceremos el mercado tradicional de Nishiki, el más popular de Kioto. A lo largo de una extensa calle, sin parar de mover la cabeza de izquierda a derecha, iremos descubriendo la rica gastronomía de esta tierra.

A la hora de comer, tenemos dos opciones: probar alguno de los productos que tienen a la venta en el mercado o entrar en uno de los restaurantes de la zona. Nosotros, guiados por nuestro deseo de profundizar en la cultura nipona, optamos por un local típico, muy pequeño, donde no esperan a que se quede una mesa vacía para permitirte la entrada, y simplemente, te ofrecen los asientos que están libres, aunque Comida ceratengas que compartir mesa con otras personas que no conoces. Las camareras que nos atienden no hablan inglés, pero como queda claro durante este viaje, la amabilidad y las buenas intenciones que muestran los japoneses son más que suficientes para hacerse entender.

Aunque la carta de muchos restaurantes en Japón esté escrita solo en su idioma, no debemos preocuparnos, ya que en la mayoría de las ocasiones, esa carta incluye fotografías de los platos que sirven o los propios locales exponen en su escaparate fieles reproducciones en cera de todo aquello que ofertan.

Comer en Japón no tiene por qué ser caro, todo dependerá de nuestras intenciones, de cuánto estemos dispuestos a gastarnos. Sin necesidad de buscar mucho, podemos tomar un buen tazón de arroz con pollo y huevo por unos 800 yenes (menos de 8 euros), por ejemplo. Además, hay que tener en cuenta que en la mayoría de los restaurantes, el agua fresca la sirven de forma gratuita, algo que adelgaza bastante la cuenta final. Sin embargo, si queremos tomar una cerveza, no debe extrañarnos si nos cobran solo por ella algo más de 600 yenes.

Tazón arroz

Y con las pilas cargadas, nos desplazamos hasta el Templo Budista de Kiyomizu, declarado Patrimonio de la Humanidad. Muchos lo consideran “el imprescindible” de Kioto, de hecho, presume de ser uno de los más visitados. Está situado en lo alto de una colina, lo que hace que desde allí, las vistas sean espectaculares.

Kiyomizu 1

Los edificios originales datan del año 798, pero los actuales son reconstrucciones de 1633. En la parte alta se encuentra la terraza de Hondo. A sus pies, la cascada Otowa-no-taki. Los visitantes hacen cola para beber de ella, ya que cuentan que proporciona salud y longevidad.

Fuente Otowa-no-taki

Lo más recomendable es perderse por todo el recinto, recorrer los caminos e ir descubriendo los incontables edificios que encontramos mientras caminamos al ritmo que nos marcan las chicharras que inundan la zona.

Kiyomizu 2Los que siguen a pies juntillas los rituales propios de cada país, no deben dejar de subir al Jishu-jinja, el santuario que está en lo alto de la escalera, sobre la sala principal. Dicen que allí se acude para buscar suerte en el amor. Los visitantes tienen que cerrar los ojos y andar unos metros de una piedra a otra. Si no se sigue la dirección correcta, no se cumplirán los deseos; y si para hacer ese tramo necesitamos la ayuda de otra persona, también necesitaremos que interceda alguien para conseguir el amor verdadero. Sobre creencias no hay nada escrito…

Las visitas de este intenso día llegan a su fin y decidimos realizar una pequeña excursión a pie para conocer uno de los rincones más curiosos de Kioto. Hablamos de Gion, el barrio donde, con un poco de suerte, podremos encontrar a las mujeres más famosas de Japón y de las que más se ha escrito: las geishas y también las maikos (nombre que reciben las aprendices de geisha). Verlas no resulta tarea sencilla, ya que su gran discreción hace que la mayoría de las veces se desplacen en lujosos coches que solo nos dejan admirar su maquillaje a través de la ventanilla. Si hay una cerca, lo notaremos fácilmente porque de inmediato, numerosos turistas la rodearán para intentar fotografiarla. Ellas saben que son el foco de atención y no se inmutan ante este repentino acoso de tanto “paparazzi”, sin embargo, se recomienda mantener una distancia prudencial. De hecho, hay carteles que así lo indican.

Cartel Geisha

Con un poco de paciencia y cuando menos lo esperemos, puede que una puerta se abra y aparezca una de estas elegantes mujeres que, como si nada, sale a la calle para llevar a cabo una de sus habituales tareas. Eso es lo que nos ocurrió a nosotros y lo visto quedó inmortalizado.

 

 

 

 

 

 

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